Mercaderes venecianos en el puerto

En los siglos XIII y XIV, en plena expansión del comercio por el Mediterráneo, los mercaderes venecianos desarrollaron un sistema contable basado en la sucesiva transcripción de una misma operación. Primero anotaban los movimientos en el Memoriale (Borrador); después los trasladaban al Giornale (Diario), ordenados cronológicamente, y finalmente al Quaderno (Mayor), donde cada operación se registraba en la cuenta correspondiente.

Este procedimiento les permitía conocer, prácticamente en cada momento, el estado de cada cuenta. Para conseguirlo, un mismo hecho debía duplicarse en los libros, propagándose y transformando su forma de representación en cada uno de ellos.

Los mercaderes eran conscientes de que esta burocracia de copiar y trasladar un mismo dato era vulnerable al error, intencionado o no. Para verificar esa propagación desarrollaron un sistema contable con un mecanismo de comprobación intrínseco: el Método Veneciano, conocido hoy como Partida Doble.

A finales del siglo XV, Luca Pacioli recogió y sistematizó estas prácticas en la Summa de arithmetica, geometria, proportioni et proportionalità, publicada en Venecia en 1494. En su tratado describió el Método Veneciano y la utilización del Memoriale, el Giornale y el Quaderno, formalizando el que sería el primer workflow documentado de la historia.

O lo que nosotros denominamos PROPAGACIÓN ANSIOSA.
Taylor, Weber y la organización industrial

El sistema de Pacioli se extendió a todos los ámbitos empresariales y financieros, pero con la Revolución Industrial dejó de ser suficiente para reflejar la creciente complejidad de las organizaciones. A comienzos del siglo XX, Frederick W. Taylor, mediante la Organización Científica del Trabajo, estructuró la actividad en procesos y tareas definidas; Max Weber incorporó a esa organización la burocracia, la jerarquía y los procedimientos formales.

El sistema estaba pensado para no tener que pensar durante la ejecución: la lógica ya estaba incorporada en el diseño de la burocracia. El trabajador no debía decidir qué hacer, sino seguir el proceso establecido dentro de una jerarquía y unas reglas previamente definidas.

En gestión, esto significa que el procedimiento burocrático contiene la forma de propagar los datos, pero no su lógica funcional. La burocracia extrae esa lógica del propio proceso y la desplaza hacia normas, instrucciones, jerarquías y documentos externos a él.

El sistema Taylor-Weber se convirtió en una “verdad” incuestionable, asumida durante generaciones hasta quedar completamente interiorizada. Tanto, que hoy resulta difícil verla: ya no percibimos la burocracia como una elección de diseño, sino como la forma natural de organizar la gestión.

La informática automatiza la burocracia

La llegada de la informática automatizó el modelo Taylor-Weber. Los procedimientos burocráticos se transformaron en programas y los documentos en estructuras de datos. La lógica que antes residía en normas, formularios, instrucciones y jerarquías pasó a quedar recogida en la documentación de los programas y en sus manuales de uso.

Los programas automatizan la operativa de ejecución, comprobación y propagación, pero no explican su significado ni su criterio. Automatizan la burocracia aplicada a los datos, dejando fuera del sistema la lógica que justifica su existencia y procesamiento.

El modelo relacional de Codd aporta una mejora sustancial en el acceso a los datos. El sistema Taylor-Weber se potencia con esta nueva capacidad y queda consolidado como la única arquitectura concebida para los sistemas de gestión de datos.

La expansión de algunas empresas, especialmente en el ámbito territorial, hizo que la información dejara de poder analizarse únicamente de forma departamental. Empezaron a ser necesarias visiones más holísticas de la organización. La solución fue integrar los distintos procesos mediante mecanismos burocratizados de propagación de datos entre sistemas, aumentando la vulnerabilidad ante el error y generando inconsistencias en la información.

Todas las arquitecturas actuales —microservicios, Event-Driven, Event Sourcing, CQRS, Data Warehouse o Data Mesh— formalizan la operativa: describen cómo ejecutar, propagar, sincronizar o reconstruir los datos, pero no contienen la lógica funcional que explica por qué esos datos existen, por qué se relacionan ni por qué deben procesarse de una determinada manera.

Los sistemas tradicionales relegan la lógica funcional a la documentación y al uso y costumbre.

La burocracia absorbe la lógica relacional dejando al dato mudo.